Categoria: L'OLLA.

PRESENTACIÓ LITERÀRIA: Buenos Aires, la ciudad de la furia.
D’Òscar Esteban.
Dissabte, 28 d’octubre a les 12:00h

Introducción
Hace ya unas décadas se libró una gran guerra. La mayor sufrida por el ser humano. La mayor narrada y contada por las manos de los hombres. La sinrazón bañó de sangre toda Europa para contemplar la orfandad en las calles, la migratoria necesidad ante el hambre y la supervivencia. Carlo Atrani fue una de aquellas almas que intentó huir de Italia por su condición de judío y antifascista. Recorrió parte del sur de Europa bajo el abrigo de los besos de Anna, una joven de familia noble de Verona, y un libro que guardaba un gran secreto. El campo de concentración de Mauthausen y la caída de París separaron sus vidas, mientras la maquinaria alemana avanzaba dirección a Moscú. Cesare, amigo íntimo de Carlo, consiguió abandonar el viejo continente acompañado de su padre, Amadeo, y poner los pies en Buenos Aires. Ambos consiguieron abrazar la tierra de Bahía Blanca para crear unas bodegas vitivinícolas.
Tras la caída de Hitler y las masacres de Hiroshima y Nagasaki, se abrieron de nuevo las ventanas y los mares para todos los huidos y supervivientes a ambos lados del Atlántico. El angosto mar contemplaba cómo, de este a oeste, frecuentaban sobre sus lomos deportados en busca de nuevas oportunidades e inmigrantes que regresaban a sus casas o al trozo de tierra donde habían permanecido las mismas. De igual forma, sobre esas aguas, huían los más importantes comandantes de las SS y la Luftwaffe nazi, bajo el amparo de grandes corporaciones, entidades religiosas y gobiernos cómplices de políticas cercanas al fascismo.
Tras la Conferencia de Potsdam, un nuevo orden mundial se estaba creando a partir de las ruinas de la vieja Europa. Berlín se había convertido en el epicentro de un gran estallido que atrapaba Sudamérica en su onda expansiva y que colocaba la sospecha en los grandes despachos gubernamentales de todo el mundo. Los juicios de Núremberg fueron el punto final para una minoría de altos mandos alemanes, mientras el resto disfrutaba de una vida placentera en tierras más cálidas, protegidos por algunos gobiernos y por las tentaciones de utilizar su conocimiento al servicio de otras tantas naciones. Estados Unidos tomaba el relevo como gran líder mundial.

Como cualquier otra a finales de los años cuarenta, Buenos Aires era una ciudad viva tras la tragedia, alegre sobre el paso de las lágrimas y, al mismo tiempo, agónica por la incertidumbre de sus gentes y decadente en sus cielos. Juan Domingo Perón engrandecía su poder en Argentina y, especialmente, en su capital, Buenos Aires. Una ciudad tomada en las calles con la incansable lucha obrera y de clases y se reconstruía como un animal herido pero lleno de vida. Buenos Aires era una ciudad enfurecida.